lunes 8 de marzo de 2010

Invierno

El 29 de junio a las 5 de la tarde, Julio Carrera entraba a la terminal de ómnibus de Asunción con una maleta no muy pesada cargada en la mano derecha. Iba a aprovechar sus 3 semanas de vacaciones para visitar a su hermano mayor que vivía en Buenos Aires, una ciudad a la que siempre quería ir. Una ciudad que siempre encontraba fascinante.

Tenía aún una hora de tiempo para que su ómnibus salga, por lo que se puso a caminar alrededor de la terminal. Entró en una librería y compró un libro para tener algo que leer durante el largo viaje. Se detuvo en un kiosko y compró cigarrillos y chicles. El intenso frío le hizo plantearse la posibilidad de comprarse una copa de whisky, lo que hubiera hecho si estuviera en un bar.

Julio tenía 23 años en ese momento. Era redactor en un prestigioso periódico capitalino, y ya estaban empezando a tener en cuenta sus acertadas opiniones políticas, por lo que tenía una pequeña columna dominguera sobre el tema. Hombre de gustos extraños pero no extravagantes, le gustaba el café sin azúcar, las matemáticas, trabajar en verano y vacacionar en invierno. Pero sobre todo le gustaban las matemáticas.

Julio tenía 19 años cuando terminó la secundaria como alumno sobresaliente. Era un verdadero apasionado de los números. Creía en lo que una vez un profesor le dijo: "La matemática es la ciencia que intenta describir con exactitud el universo". Esta pasión por las matemáticas, sumado a un talento especial para hacer que la gente lo entienda, lo llevó a estudiar para una licenciatura en matemáticas en la facultad.

Julio tenía 19 años cuando tuvo que dejar la facultad en Encarnación para mudarse con su madre a Asunción. El volver a iniciar no lo molestaba tanto como el hecho de dejar a sus amigos, algo bastante duro para un adolescente. En Asunción recomenzó la licenciatura, pero apenas al llegar un periódico había promocionado un concurso de escritores jóvenes, y Julio decidió participar. De casualidad había descubierto un gran talento como periodista, y decidió dejar las matemáticas por la comunicación social, al menos de manera oficial.

Una parte de las matemáticas que más le gustaba era el estudio de las probabilidades. Con el tiempo había desarrollado una curiosa filosofía respecto a la probabilidad. Sostenía que cuando enfrentamos un hecho remotamente probable contra algo común, siempre es sensato actuar teniendo en cuenta que el hecho común se producirá, pero por más improbable que sea un acontecimiento, en cierta cantidad de repeticiones la probabilidad debía ajustarse a sí misma y este acontecimiento se daba.

Por ejemplo, si la probabilidad de obtener una flor imperial en el póker es de 1 en 650.000, jugando un promedio de 100 manos cada noche, todas las noches, estaríamos hasta 17 años sin poder obtener una. Pero aproximadamente desde la noche número 3900, mientras más tiempo jugamos, en cada juego la probabilidad se va desajustando de su estructura normal, hasta que tarde o temprano esta debe equilibrarse, cuando la flor imperial aparezca triunfal ante nosotros, y el ciclo empezará de nuevo.

Aplicando esta teoría a los acontecimientos de la vida diaria, Julio sostenía que uno debe estar preparado para aprovechar estos golpes de suerte. En el ejemplo del póker, cuando uno consigue una flor imperial, debe tratar de aprovechar al máximo ese hecho. Debe estar totalmente concentrado y calcular bien lo que hará. Si desaprovecha esa jugada, la próxima flor imperial que le vendrá será dentro de unos 17 años más o menos (y recordemos que jugando exhaustivamente todos los días).

Julio sabía que el concurso del periódico en el que participó años atrás era uno de esos eventos muy improbables que había que aprovechar, y realmente lo aprovechó bastante bien. Pero como todo buen jugador, debió haber un tiempo en que sus dotes de juego no eran lo suficientemente buenas, y en el cual desaprovechó algún que otro póker de ases.

Verónica tenía 17 años cuando ya era una belleza inalcanzable para cualquier adolescente un poco introvertido. Un cabello lacio de un rubio muy opaco, semejante al oro siendo fundido, se derramaba sobre un rostro que trasmitía una pasividad casi antológica, decorado por unos ojos grandes y azules como la noche polar. Pero aparte de esa belleza tan atrapante, lo que más resaltaba de Verónica era la alegría que emanaba por donde quiera que pasaba. Los problemas parecieran no existir en el irreal mundo de Verónica. Un hombre superficial hubiera atribuido esto al hecho de que ella nunca tuvo que caminar hasta el colegio, al cual llegaba en el auto de su papá, conocido comerciante local. Pero Julio no era un hombre superficial; el sabía que la alegría de Verónica era producto de esa actitud tan positiva hacia la vida que muy pocas personas podían alcanzar.

Julio tenía 18 años cuando vio por primera vez a Verónica. De hecho, la había visto consecutivamente muchas veces en años anteriores. Pero esta era la primera vez que la veía de verdad. Antes solamente era una alumna más de secundaria, pero ahora el pudo ver ese rostro alegre que empezaba a emerger. Ese mismo rostro que todos los demás también empezaban a ver justo al mismo tiempo.

Julio sabía que era inalcanzable, sabía que no había forma de enamorar a la joven más bella del colegio. Pero era un soñador, y un soñador sigue manteniendo su sueño aunque sabe que nunca lo conseguirá realizar. Un soñador sabe disfrutar del simple hecho de imaginar su sueño hecho realidad.

Pero pronto Julio se enfrentó a su propia teoría. Una mañana en la que se presentaba una obra de teatro estudiantil, la probabilidad quiso que de los 230 alumnos presentes en el auditorio, justamente sea Verónica la que se siente a su lado. Julio se sentía inseguro, sudando por dentro. Miradas fugaces y risas extrañas se compartían entre ambos. Verónica empezó a romper el hielo hablándole de la presentación, de las luces, de que una vez había visto una representación muy bonita de "El diario de Ana Frank" en Córdoba el año pasado durante las vacaciones. Julio solo contestaba tímidos monosílabos. La desconocida Verónica quería hablar de lo mucho que le gustaban los claveles, de que le gustaría estudiar música, de que le gustaba la risa de Julio, la cual había visto muchas veces en los recreos. Julio solo quería desaparecer de ahí, esquivar esa extraña situación, o al menos dejar de emitir monosílabos y muecas. Pero no pudo. Julio trató de olvidar este fiasco de conquistador esquivando a Verónica el resto del año, tratando de mantenerla como la desconocida de siempre. Trató de no sentirse mal por haber desperdiciado esa flor imperial que la probabilidad le había regalado. Luego la vida continuó de manera normal.

Julio tenía 23 años cuando la probabilidad volvería a equilibrarse a su favor. Salió del kiosko y se fue a sentar a la espera de su ómnibus. Abrió su copia de "Relatos de un náufrago" y se puso a leer. Cuando desvió la vista un momento, le pareció ver una silueta familiar. Volvió a levantar la vista para ver mejor, y distinguió la figura. Era Verónica, sentada en una silla justo frente a él, sumergida en la lectura, vaya casualidad, de "Relatos de un náufrago", con algunos años más que la última vez, pero con el mismo rostro alegre de siempre.

Julio no lo podía creer. Calculó rápidamente las probabilidades de que eso haya ocurrido. Sabía que dicha probabilidad era bastante baja; era una segunda flor imperial en pocos años. La oportunidad y su filosofía estaban de su lado. Su filosofía le prohibía desaprovechar esto. La oportunidad le daba mil y una excusas para iniciar una conversación: "estudiábamos en el mismo colegio", "sos encarnacena verdad?", "que casualidad, leyendo el mismo libro", etc. Pero su instinto le ganó a su mente. Julio era tímido, y si bien con los años se había vuelto un poco extrovertido, Verónica era un fantasma de adolescencia que todavía le daba miedo. Ella seguía leyendo concentrada mientras los minutos pasaban. Cinco, diez, veinte, veinticinco. Julio no pudo ponerse en pie y acercarse a la silla de Verónica. Llegó la hora de tomar su ómnibus.

Julio tenía 24 años cuando despertó la mañana del 30 de junio en el ómnibus que lo llevaba rumbo a Buenos Aires. El hecho de haber faltado a su filosofía no salió de su mente durante el sueño. Pero ahora trataba de encontrar una justificación que le haga sentir un poco mejor. Sabía que la probabilidad de que ocurra una coincidencia como la que se dio la noche anterior se daba en promedio una vez en la vida. Pero el promedio es una medida inexacta. Si el promedio era una vez, había personas que nunca disfrutaban de estas coincidencias sorprendentes. Pero también que había personas que las disfrutaban dos o hasta tres veces en la vida. Se llenó de fé ciega para obtener el consuelo de que las cosas podían volver a salir favorablemente. Rogó a Dios que la próxima vez que la probabilidad se equilibre de su lado, ya haya podido superar esa insensata timidez que en los últimos años le había jugado en contra dos veces, incluso teniendo la mejor mano.

jueves 12 de noviembre de 2009

Lo que dicen los ojos de un niño

Este post se lo había prometido hace un par de semanas a un amigo mío, el señor Carlos Bado, que como muchos de ustedes deben saber se ha convertido en un nuevo padre primerizo. Por cuestiones de tiempo y falta de inspiración, me he retrasado un poco, pero más vale tarde que nunca. Para vos Carlitos!!!

--------------------------------------------------------------------------------------------------

Todos tenemos nuestras pequeñas manías de existencialismo barato: algunos se sientan en una plaza a tratar de entender la vida de las personas que cruzan presurosas la ciudad, otros observan y critican la forma de proceder de un amigo enamorado, y otros se divierten imaginando los oscuros deseos de la cajera del supermercado.

Yo también tengo muchas manías de ese tipo. Una de las más originales, al menos así lo creo yo, es que se me da por mirar a los niños pequeños y tratar de imaginar lo que serán en el futuro. Generalmente observo a niños entre 5 y 9 años, que aunque no tengan una personalidad muy formada ya dan muestras de actitudes muy precisas.

Pero este ejercicio mental tiene un inconveniente, ya que es imposible extraer grandes conclusiones. Para ejemplificar lo que digo, pónganse a pensar:

Cuando uno mira en los ojos de un niño pequeño, casi siempre ve una mirada entre perdida, ingenua, confiada y tranquila. Una mezcla extraña que refleja una psiquis que está todavía tratando de brotar de entre las hojas secas que forman un colchón en el suelo pos-otoñal. Y uno piensa: El tipo que me fía los cigarrillos, también era así. El chofer del colectivo que te lleva cada día a tu trabajo, era también así. La señora que te mira feo porque le están mirando a su hija quinceañera que va al lado suyo, también fue así.

Entonces cuando vez a un niño, pensás: ¿como será?

¿Será el tipo que entra a un lugar como sintiéndose el dueño, el que si te brinda un saludo lo hace de paso y luego se olvida de tu rostro?. El mismo que te mira desde arriba, te habla sin esperar tus respuestas, y con cada gesto de su cuerpo te dice: "Tú eres un ser inferior, existís solo porque eres molestamente necesario".

¿O será el tipo desconocido de carácter amable, que cuando te ve caminando solo de noche en una zona oscura y peligrosa te ofrece un aventón, un cigarrillo y una botella? De esas personas que no entiendes como pueden existir.

¿Será como tu extraña maestra de primaria? Aquella que odiaba a los hombres y que en cada oportunidad que tenía te decía que la calvicie y el cáncer de próstata eran un castigo de Dios hacia los seres humanos masculinos por su egocentrismo y su promiscuidad.

¿Será de los que levanten banderas por causas imposibles? De esos que creen que pueden cambiar el mundo, sin saber que la batalla está perdida 100 años antes de empezar, pero que combaten hasta que se den cuenta de que no ganarán y se unan al enemigo que tanto combatieron. O de aquellos que incluso después de entender la situación, siguen peleando por pellizcar algún trozo del sueño que se resisten a abandonar.

Es imposible de saber como será, ya que los ojos de un niño solo dicen y repiten sin cesar dos palabras: Incertidumbre y Esperanza.

La incertidumbre aplastante de saber que aunque todos los niños reflejen un rostro similar, el futuro les depara los más diversos caminos.

Solo nos queda la esperanza. La esperanza de que si hacemos bien las cosas, y tenemos algo de suerte, tal vez consigamos que ese niño crezca en el lado correcto, que su existencia no represente una pérdida para el mundo, sino que sirva para hacer de este hermoso planeta un lugar mejor.

Esa esperanza es la que nos mantiene peleando, tratando de que un nacimiento no haya sido en vano.

--------------------------------------------------------------------------------------------------

Una vez más, felicidades Carlitos!!! Y bienvenido Luca a este maravilloso planeta!!!

viernes 26 de junio de 2009

Un mundo mejor

Me imagino que todos recordarán -por los menos los que se hayan asomado a una tele, radio o periódico la semana pasada- la muy comentada noticia del taxista que devolvió 100 millones de guaraníes en joyas que habían olvidado dentro de su vehículo.

Para los que se imaginan que voy a hablar de este ejemplo de honestidad: no le pegan ni de cerca. Para los que creen que voy a empezar un discurso sobre la suerte que tuvieron los dueños de las joyas: frío, frío.

Me voy a centrar en un sutil comentario derivado de la noticia. La semana pasada, mientras estaba cenando, mi viejo estaba viendo el noticiero del SNT. Creo que fue Andrés Caballero el que presentó la misma, con la siguiente frase: "En un gesto poco usual para estos tiempos, un taxista devolvió una buena cantidad de joyas que un pasajero olvidó en el taxi".

Cuando escucho este tipo de comentarios, me agarra esa extraña sensación de que Dios (aquí favorecemos la libertad religiosa, así que pueden cambiar la palabra Dios por Alá, Ganesha, Buda, "El Diego" o alguna otra de su preferencia) habrá castigado a nuestra generación por intentar la clonación o permitir que los Back Streets Boys suban a un escenario.

Es que, imaginémonos, sobre todo nosotros, las personas nacidas en los años 80's y 90's, que hemos escuchamos cosas como "esto no pasaba antes" o "ya casi no pasa en estos tiempos", que nacimos en una época realmente mala. O sea, "antes" era otra cosa.

"Antes", la gente que encontraba 100 millones en joyas en su taxi las devolvía, como si nada, sin ni siquiera sufrir la tentación de dejarse una parte para sí. Me imagino que incluso había oficinas estatales de recepción de objetos valiosos perdidos, que manejaban la devolución con la máxima seguridad posible. Una seguridad casi innecesaria, ya que la gente no interfería maliciosamente en transacciones de objetos muy valiosos, pero la pecaminosa generación de los primeros "ochentosos" ya empezaban a aparecer, y había que cuidarse de ellos.

Me imagino a un taxista de "antes", para el cual encontrar maletines llenos de dinero y devolverlos era cosa de todos los días, caminando hacia la oficina de recepción de objetos valiosos perdidos con algo que había olvidado una bella señora de vestido almidonado la noche anterior, subiendo por una rústica calle empedrada, con edificios de estilo clásico a los costados, con un olor de jazmín impregnando el aire y una tenue luz rojiza inundando la tarde, llena de gente que reía y cantaba al son de la dulce voz de Mary Poppins.

Imagino a este señor silbando tranquilo, caminando despacio y sin apuro alguno por volver al trabajo, porque como solemos escuchar, "antes" la gente no andaba apurada, y la falta de dinero no era un problema demasiado serio. Me imagino a los niños abrazando a los ancianos en medio de la calle, ya que "antes" la gente era muy respetuosa. Me imagino que no se conocía el alcohol, el cigarrillo, la marihuana o el sexo libertino, ya que esas son cosas en las que se mete la juventud "de hoy".

Antes tampoco había corrupción policial ni política, las cárceles estaban casi vacías, los asaltos eran cuentos de terror que se usaban para obligar a que los niños duerman temprano. ¡Ah!, pero esperen, los niños de "antes" dormían temprano sin protestar.

Puedo estar de acuerdo en que nuestro avance vertiginoso haya hecho que ciertas cosas se fueran perdiendo un poco. El mundo cambió a una gran velocidad, teniendo que deshacerse en gran medida de ciertas cosas buenas. Pero decir, o pretender decir, que la noticia del taxista era algo común en otra época, es tratar de recurrir a un romanticismo más barato que una radio china, y que además solo sirve para que los unos sigan buscando un pretexto para comprobar que son superiores a los otros.

viernes 12 de junio de 2009

Sam, apaga la televisión... analógica!!!

Y sí, señoras y señores, la avalancha tecnológica es tan imparable como la multitud que un domingo a las 10 de la mañana va a comprar carne al supermercado. Dicha avalancha (la tecnológica, no la consumista) se mueve por una fuerza natural basada en la necesidad de confort y calidad, que no necesita ninguna ayuda más que la de la propia desencadenación de los acontecimientos.

Pero hay veces que una ayuda político-comercial es importante para acelerar artificialmente lo inminente. Esto es lo que está ocurriendo en estos momentos en el gran país del norte (no hablo de Bolivia): Estados Unidos decreta el cese de la trasmisión de señal televisiva analógica (pueden ver la noticia aquí).

Esto supone que, de hoy en más, el que quiera ver la televisión en USA deberá acceder a un servicio de cable, televisión satelital, comprarse una televisión con sintetizador digital o una caja convertidora. El tío Sam ha pulsado el botón de "power" del control remoto (más bien, ha puesto el "timer" hace un tiempo, pero no se ha preparado muy bien para el momento del apagón).

Esto nos lleva a una pregunta-dilema-duda tecnológico-filosófica: ¿Por qué terminar artificialmente con una tecnología?. El vinilo se volvió cassete, el cassete se volvió CD, y el CD se está volviendo reproductor MP3 sin que ninguna ley dictara que se dejen de fabricar dichas tecnologías obsoletas. Se renovaron por la inercia propia del avance tecnológico.

La respuesta a la pregunta, al igual que la respuesta a las preguntas que surgen tras toda controversia política, es la misma: negocio. Si se "quita" la televisión analógica los canales pueden ahorrarse el gasto de mantener ambos sistemas (el analógico y el digital), pudiendo mejorar el nivel de la televisión digital, con las grandes prestaciones novedosas que la misma posibilita.

La tecnología avanza día a día, pero siempre lo hizo de manera natural. Uno se puede preguntar si forzar un avance va en contra de la ética progresista o no, y, por sobre todo, si es una decisión acertada desde el punto de vista del progreso tecnológico. ¿Usted que opina?

viernes 27 de marzo de 2009

¿Combustión espontánea?

Gracias a Dios, Alá, Buda, Zeus, los Shinigamis o David Gilmour (o cualquier otro ser sobrenatural en el que crean), el mundo ha dejado de ser un lugar donde la gente poco importante no tiene opciones de ser importante. En la era de la información, todo el mundo tiene algo que decir. Y todo el mundo tiene la posibilidad de ser escuchado por personas de todo el mundo.

En esa implacable marcha de la humanidad hacia adelante (aunque algunos burgueses pesimistas vean una marcha hacia atrás y otros bugueses altaneros traten de trabar el avance), hemos llegado a lograr uno de los avances más prácticos para la "socialización" del conocimiento. Estoy hablando obviamente de Internet.

¿No les parece maravilloso lo que logró Internet?. Aparte de simplificarnos los trabajos prácticos en secundaria hasta niveles abismales, también ha logrado cosas increíbles.

Ahí tienen a Wikipedia, por ejemplo. ¿Quién pudiera haber pensado en una mega enciclopedia que sea capaz de ser editada por cualquier persona?. ¿Y que estas personas lo hagan sin malicia ni falta de objetividad?. Si me hubieran dicho algo así en los 90, me hubiera ahogado de la risa.

Y eso no es todo. Internet se ha convertido en el proveedor de soluciones más grande que existe. Si uno desea conseguirse un manual de Java, recurre a Internet. Si uno quiere comprarse algún producto no disponible en el mercado local, recurre a Internet. Si uno quiere la receta para preparar surubí al ajillo, recurre a Internet.

Google se ha convertido en el más efectivo sucesor del viejo y ambigüo Oráculo de Delfos. A Google le puedes preguntar lo que desees, y practicamente te puede responder cualquiera de tus preguntas, y de manera directa, sin las ambigüedades y generalizaciones de los métodos de adivinación místicos.

Internet ha posibilitado que las personas como yo, tan interesantes como una lechuga (esta frase pertenece a mi profesor de Redes), puedan tener una activa vida virtual a través de las famosas redes sociales como Orkut o Facebook.

Pero una de las modas más prolíficas de Internet son los blogs. Desde el mismo José Saramago hasta cualquier Juan Carlos Benítez Benítez (cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia) tiene un espacio en la web donde periódicamente publican lo que se les venga en gana. Y lo mejor de todo, sus ideas son escuchadas.

Así hace un par de días me levanté y me pregunté: ¿y por qué no yo?. Al fin y al cabo, también tengo cosas que decir, y tengo gente que puede escucharme. Puedo aportar mi granito de arena a la gran base de conocimientos universal que es Internet. Es así, como si fuera una reminiscencia a la combustión espontánea, que abrí mi cuenta en el Blogger y empecé estas líneas.

Pero, ¿fue realmente una combustión espontánea lo que formó este paraíso ardiente?. Prefiero creer que todavía no está formado, que hay solo una débil fogata luchando para no perecer rodeada de tanto frío. Es esa fogata la que debo alimentar para formar este paraíso poco ortodoxo que será mi blog.

Otra cosa que debo mencionar es que el nombre del blog no es original. El término "paraíso ardiente" pertenece a un excelente grupo de rock asunceno, Flou. Es una imagen muy interesante, ya que da a entender la diversidad humana en su real esencia. Y es que en este mundo cada uno ve las cosas de distinta manera. El infierno será tu paraíso si es lo que prefieres.

Para cerrar mi explayación, me comprometo a hacerles llegar mis pensamientos todos los viernes de aquí en adelante. Espero poder hacerlo, ya que soy muy reacio a los compromisos tan formales, pero pienso que al hablar de cosas que me gustan puedo lograrlo.

PD1: Ah, y otra cosa más, ¡dejen comentarios! Si logramos conseguir sponsor hacemos un sorteo de un iPod Nano a fin de año entre todos los comentaristas.

PD2: ¡Es broma!