El 29 de junio a las 5 de la tarde, Julio Carrera entraba a la terminal de ómnibus de Asunción con una maleta no muy pesada cargada en la mano derecha. Iba a aprovechar sus 3 semanas de vacaciones para visitar a su hermano mayor que vivía en Buenos Aires, una ciudad a la que siempre quería ir. Una ciudad que siempre encontraba fascinante.
Tenía aún una hora de tiempo para que su ómnibus salga, por lo que se puso a caminar alrededor de la terminal. Entró en una librería y compró un libro para tener algo que leer durante el largo viaje. Se detuvo en un kiosko y compró cigarrillos y chicles. El intenso frío le hizo plantearse la posibilidad de comprarse una copa de whisky, lo que hubiera hecho si estuviera en un bar.
Julio tenía 23 años en ese momento. Era redactor en un prestigioso periódico capitalino, y ya estaban empezando a tener en cuenta sus acertadas opiniones políticas, por lo que tenía una pequeña columna dominguera sobre el tema. Hombre de gustos extraños pero no extravagantes, le gustaba el café sin azúcar, las matemáticas, trabajar en verano y vacacionar en invierno. Pero sobre todo le gustaban las matemáticas.
Julio tenía 19 años cuando terminó la secundaria como alumno sobresaliente. Era un verdadero apasionado de los números. Creía en lo que una vez un profesor le dijo: "La matemática es la ciencia que intenta describir con exactitud el universo". Esta pasión por las matemáticas, sumado a un talento especial para hacer que la gente lo entienda, lo llevó a estudiar para una licenciatura en matemáticas en la facultad.
Julio tenía 19 años cuando tuvo que dejar la facultad en Encarnación para mudarse con su madre a Asunción. El volver a iniciar no lo molestaba tanto como el hecho de dejar a sus amigos, algo bastante duro para un adolescente. En Asunción recomenzó la licenciatura, pero apenas al llegar un periódico había promocionado un concurso de escritores jóvenes, y Julio decidió participar. De casualidad había descubierto un gran talento como periodista, y decidió dejar las matemáticas por la comunicación social, al menos de manera oficial.
Una parte de las matemáticas que más le gustaba era el estudio de las probabilidades. Con el tiempo había desarrollado una curiosa filosofía respecto a la probabilidad. Sostenía que cuando enfrentamos un hecho remotamente probable contra algo común, siempre es sensato actuar teniendo en cuenta que el hecho común se producirá, pero por más improbable que sea un acontecimiento, en cierta cantidad de repeticiones la probabilidad debía ajustarse a sí misma y este acontecimiento se daba.
Por ejemplo, si la probabilidad de obtener una flor imperial en el póker es de 1 en 650.000, jugando un promedio de 100 manos cada noche, todas las noches, estaríamos hasta 17 años sin poder obtener una. Pero aproximadamente desde la noche número 3900, mientras más tiempo jugamos, en cada juego la probabilidad se va desajustando de su estructura normal, hasta que tarde o temprano esta debe equilibrarse, cuando la flor imperial aparezca triunfal ante nosotros, y el ciclo empezará de nuevo.
Aplicando esta teoría a los acontecimientos de la vida diaria, Julio sostenía que uno debe estar preparado para aprovechar estos golpes de suerte. En el ejemplo del póker, cuando uno consigue una flor imperial, debe tratar de aprovechar al máximo ese hecho. Debe estar totalmente concentrado y calcular bien lo que hará. Si desaprovecha esa jugada, la próxima flor imperial que le vendrá será dentro de unos 17 años más o menos (y recordemos que jugando exhaustivamente todos los días).
Julio sabía que el concurso del periódico en el que participó años atrás era uno de esos eventos muy improbables que había que aprovechar, y realmente lo aprovechó bastante bien. Pero como todo buen jugador, debió haber un tiempo en que sus dotes de juego no eran lo suficientemente buenas, y en el cual desaprovechó algún que otro póker de ases.
Verónica tenía 17 años cuando ya era una belleza inalcanzable para cualquier adolescente un poco introvertido. Un cabello lacio de un rubio muy opaco, semejante al oro siendo fundido, se derramaba sobre un rostro que trasmitía una pasividad casi antológica, decorado por unos ojos grandes y azules como la noche polar. Pero aparte de esa belleza tan atrapante, lo que más resaltaba de Verónica era la alegría que emanaba por donde quiera que pasaba. Los problemas parecieran no existir en el irreal mundo de Verónica. Un hombre superficial hubiera atribuido esto al hecho de que ella nunca tuvo que caminar hasta el colegio, al cual llegaba en el auto de su papá, conocido comerciante local. Pero Julio no era un hombre superficial; el sabía que la alegría de Verónica era producto de esa actitud tan positiva hacia la vida que muy pocas personas podían alcanzar.
Julio tenía 18 años cuando vio por primera vez a Verónica. De hecho, la había visto consecutivamente muchas veces en años anteriores. Pero esta era la primera vez que la veía de verdad. Antes solamente era una alumna más de secundaria, pero ahora el pudo ver ese rostro alegre que empezaba a emerger. Ese mismo rostro que todos los demás también empezaban a ver justo al mismo tiempo.
Julio sabía que era inalcanzable, sabía que no había forma de enamorar a la joven más bella del colegio. Pero era un soñador, y un soñador sigue manteniendo su sueño aunque sabe que nunca lo conseguirá realizar. Un soñador sabe disfrutar del simple hecho de imaginar su sueño hecho realidad.
Pero pronto Julio se enfrentó a su propia teoría. Una mañana en la que se presentaba una obra de teatro estudiantil, la probabilidad quiso que de los 230 alumnos presentes en el auditorio, justamente sea Verónica la que se siente a su lado. Julio se sentía inseguro, sudando por dentro. Miradas fugaces y risas extrañas se compartían entre ambos. Verónica empezó a romper el hielo hablándole de la presentación, de las luces, de que una vez había visto una representación muy bonita de "El diario de Ana Frank" en Córdoba el año pasado durante las vacaciones. Julio solo contestaba tímidos monosílabos. La desconocida Verónica quería hablar de lo mucho que le gustaban los claveles, de que le gustaría estudiar música, de que le gustaba la risa de Julio, la cual había visto muchas veces en los recreos. Julio solo quería desaparecer de ahí, esquivar esa extraña situación, o al menos dejar de emitir monosílabos y muecas. Pero no pudo. Julio trató de olvidar este fiasco de conquistador esquivando a Verónica el resto del año, tratando de mantenerla como la desconocida de siempre. Trató de no sentirse mal por haber desperdiciado esa flor imperial que la probabilidad le había regalado. Luego la vida continuó de manera normal.
Julio tenía 23 años cuando la probabilidad volvería a equilibrarse a su favor. Salió del kiosko y se fue a sentar a la espera de su ómnibus. Abrió su copia de "Relatos de un náufrago" y se puso a leer. Cuando desvió la vista un momento, le pareció ver una silueta familiar. Volvió a levantar la vista para ver mejor, y distinguió la figura. Era Verónica, sentada en una silla justo frente a él, sumergida en la lectura, vaya casualidad, de "Relatos de un náufrago", con algunos años más que la última vez, pero con el mismo rostro alegre de siempre.
Julio no lo podía creer. Calculó rápidamente las probabilidades de que eso haya ocurrido. Sabía que dicha probabilidad era bastante baja; era una segunda flor imperial en pocos años. La oportunidad y su filosofía estaban de su lado. Su filosofía le prohibía desaprovechar esto. La oportunidad le daba mil y una excusas para iniciar una conversación: "estudiábamos en el mismo colegio", "sos encarnacena verdad?", "que casualidad, leyendo el mismo libro", etc. Pero su instinto le ganó a su mente. Julio era tímido, y si bien con los años se había vuelto un poco extrovertido, Verónica era un fantasma de adolescencia que todavía le daba miedo. Ella seguía leyendo concentrada mientras los minutos pasaban. Cinco, diez, veinte, veinticinco. Julio no pudo ponerse en pie y acercarse a la silla de Verónica. Llegó la hora de tomar su ómnibus.
Julio tenía 24 años cuando despertó la mañana del 30 de junio en el ómnibus que lo llevaba rumbo a Buenos Aires. El hecho de haber faltado a su filosofía no salió de su mente durante el sueño. Pero ahora trataba de encontrar una justificación que le haga sentir un poco mejor. Sabía que la probabilidad de que ocurra una coincidencia como la que se dio la noche anterior se daba en promedio una vez en la vida. Pero el promedio es una medida inexacta. Si el promedio era una vez, había personas que nunca disfrutaban de estas coincidencias sorprendentes. Pero también que había personas que las disfrutaban dos o hasta tres veces en la vida. Se llenó de fé ciega para obtener el consuelo de que las cosas podían volver a salir favorablemente. Rogó a Dios que la próxima vez que la probabilidad se equilibre de su lado, ya haya podido superar esa insensata timidez que en los últimos años le había jugado en contra dos veces, incluso teniendo la mejor mano.
montt en dosis diarias - 2012-02-01
Hace 13 horas