Me imagino que todos recordarán -por los menos los que se hayan asomado a una tele, radio o periódico la semana pasada- la muy comentada noticia del taxista que devolvió 100 millones de guaraníes en joyas que habían olvidado dentro de su vehículo.
Para los que se imaginan que voy a hablar de este ejemplo de honestidad: no le pegan ni de cerca. Para los que creen que voy a empezar un discurso sobre la suerte que tuvieron los dueños de las joyas: frío, frío.
Me voy a centrar en un sutil comentario derivado de la noticia. La semana pasada, mientras estaba cenando, mi viejo estaba viendo el noticiero del SNT. Creo que fue Andrés Caballero el que presentó la misma, con la siguiente frase: "En un gesto poco usual para estos tiempos, un taxista devolvió una buena cantidad de joyas que un pasajero olvidó en el taxi".
Cuando escucho este tipo de comentarios, me agarra esa extraña sensación de que Dios (aquí favorecemos la libertad religiosa, así que pueden cambiar la palabra Dios por Alá, Ganesha, Buda, "El Diego" o alguna otra de su preferencia) habrá castigado a nuestra generación por intentar la clonación o permitir que los Back Streets Boys suban a un escenario.
Es que, imaginémonos, sobre todo nosotros, las personas nacidas en los años 80's y 90's, que hemos escuchamos cosas como "esto no pasaba antes" o "ya casi no pasa en estos tiempos", que nacimos en una época realmente mala. O sea, "antes" era otra cosa.
"Antes", la gente que encontraba 100 millones en joyas en su taxi las devolvía, como si nada, sin ni siquiera sufrir la tentación de dejarse una parte para sí. Me imagino que incluso había oficinas estatales de recepción de objetos valiosos perdidos, que manejaban la devolución con la máxima seguridad posible. Una seguridad casi innecesaria, ya que la gente no interfería maliciosamente en transacciones de objetos muy valiosos, pero la pecaminosa generación de los primeros "ochentosos" ya empezaban a aparecer, y había que cuidarse de ellos.
Me imagino a un taxista de "antes", para el cual encontrar maletines llenos de dinero y devolverlos era cosa de todos los días, caminando hacia la oficina de recepción de objetos valiosos perdidos con algo que había olvidado una bella señora de vestido almidonado la noche anterior, subiendo por una rústica calle empedrada, con edificios de estilo clásico a los costados, con un olor de jazmín impregnando el aire y una tenue luz rojiza inundando la tarde, llena de gente que reía y cantaba al son de la dulce voz de Mary Poppins.
Imagino a este señor silbando tranquilo, caminando despacio y sin apuro alguno por volver al trabajo, porque como solemos escuchar, "antes" la gente no andaba apurada, y la falta de dinero no era un problema demasiado serio. Me imagino a los niños abrazando a los ancianos en medio de la calle, ya que "antes" la gente era muy respetuosa. Me imagino que no se conocía el alcohol, el cigarrillo, la marihuana o el sexo libertino, ya que esas son cosas en las que se mete la juventud "de hoy".
Antes tampoco había corrupción policial ni política, las cárceles estaban casi vacías, los asaltos eran cuentos de terror que se usaban para obligar a que los niños duerman temprano. ¡Ah!, pero esperen, los niños de "antes" dormían temprano sin protestar.
Puedo estar de acuerdo en que nuestro avance vertiginoso haya hecho que ciertas cosas se fueran perdiendo un poco. El mundo cambió a una gran velocidad, teniendo que deshacerse en gran medida de ciertas cosas buenas. Pero decir, o pretender decir, que la noticia del taxista era algo común en otra época, es tratar de recurrir a un romanticismo más barato que una radio china, y que además solo sirve para que los unos sigan buscando un pretexto para comprobar que son superiores a los otros.
El esfigmófono de 1879
Hace 1 semana